Le lanzo todos los insultos imaginables.
Ella consigue que mi nombre parezca música, como una invocación a un Dios Oscuro.
Está resbaladiza por el sudor.
Me caigo, pero no me importa.
Ella se ríe. Me hace pegarle. La muy Perra.
Lo peor es que le encanta, me escupe sangre y me pide más.
Me siento un pobre bastardo a punto de ser sacrificado. Ella es la que está jugando conmigo. Yo soy su juguete y cuando se canse, me botará.
Me empuja y caigo en la cama, antes de que intente pararme, ya está encima de mí. Tiene una soga. Me empieza a ahorcar. Ríe.
No me asusto, a pesar de sus ojos.
Se resbala… el sudor. Ja.
Respiro, y mis pulmones me lo agradecen. La tiro al piso, ya estoy excitado.
La ve y parece adquirir una nueva vida. Se acerca hacia mí arrodillada, y juega con él. Lo muerde un poco. Me gusta. Entonces, se apodera completamente de mí.
Ese Dios Oscuro que tanto parecía invocar.
La levanto y la cargó. Su cabeza se estrella con la pared, suena un golpe duro. Gime. Nos fundimos en uno. Nos movemos violentamente, veo sangre en la pared.
Me entierra las uñas en la espalda. Me arde y me molesta. La violencia escala.
De repente, su mirada cambia. Ya no es esta Perra que se merece lo que le va a venir.
Es vulnerable. Y sus sonidos me hacen pensar en flores. En campos enormes de flores que van hasta el horizonte. En miel y azúcar. En ese rico olor de la marihuana. En su perfume limpio. Entonces, por perderme en sus sombras, me vengo.
Ella también. Es perfecto. Es la razón por la cual vivimos… la única razón por la cual estamos en este mundo de mierda.
Caemos al suelo, exhaustos. Sangre, sudor y residuos nos amortiguan la caída. Jadeamos y morimos lentamente. Ella se queda dormida. Yo caigo en sueños con el delicioso olor de su pelo.

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