No importaba porque venía de ti...
Entonces... por un segundo... miré bien adentro. Y Te Vi. Completamente sola. Sin nada que te manche. Sin nada que se atreva a tocarte.
Y me enamoré...
No nos importó que no estuviéramos solos. No nos importó que casi ni nos conociéramos. En ese momento... ambos supimos que sólo había una cosa sincera y honesta que hacer. Una cosa que hacer que no nos haga engañarnos a nosotros mismos... que no nos haga vivir para siempre con una pregunta en la cabeza.
Lentamente... sin apuros, nos examinamos. Nos aceptamos. Nos quisimos hasta morir. Nos besamos los brazos, las espaldas, los ojos. Las bocas.
Nos tocamos incesantemente. Nos hablamos muy despacito en el oído. Nadie nos escuchaba... y si lo hacían, no nos entendían. Habíamos inventado nuestro propio idioma ahí, debajo de esas sabanas. Nos respiramos y jadeamos muy de cerca.
Nos amamos y nos volvimos a amar.
Si alguien me preguntaba, le respondía que sí. En ese momento, no buscaba nada más que tu piel.
Cuando terminamos. Cerramos los ojos pensando en el otro. Estoy seguro que soñamos exactamente lo mismo, porque despertamos igual... en la misma posición. En el mismo momento.
Me sonreíste y te dejaste hacer. Me dejé llevar por tu olor. Por tu pelo... por tu sonrisa.
Tu ojos decían mucho más que tu mirada. Y me perdí. No podía hacer nada para pelear contra ese sentimiento animal que existía en mi pecho. Los hombres no estamos diseñados para luchar contra eso...
Y cuando salió el sol... no nos importó el ruido, ni la calle. No nos importó nada excepto esa cama.
Vivir así era todo lo que quería. Morir así.
Una parte de mí se murió esa noche. Una parte de los dos se quedo bien echada en esa cama, y nunca se fue.
Todavía la siento algunas noches... todavía reconozco tu olor entre mis sabanas. Todavía puedo sentir tus besos y susurros. Tu apremio y tu espalda. Tus dedos en los míos, tan perfectamente alineados. Nuestro ritmo. Todavía veo tus ojos de noche.
¿Puedes ver los míos?

No hay comentarios:
Publicar un comentario