Juro que hubo un momento, ahí, en el que los dos supimos que ya no daba para más.
Ella me abrazó, yo sólo con una mano, la otra seguía convertida en un puño.
Y como nunca, quise despegar y largarme a las montañas doradas.
Pero claro, me besó en la mejilla y se subió a su carro y yo me quedé allí parado como un imbecil, al borde de las lágrimas.
En el taxi, lloré.

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